Actualmente en España los inmigrantes constituyen un punto fundamental de la realidad de pobreza. El boom migratorio que ha sorprendido a Europa, a España concretamente, es de tal magnitud que requiere de respuestas concretas, no importa que sean pequeñas o imperceptibles, mucho menos si no resuelven todo el problema que aqueja a los inmigrantes. A este respecto vale recordar una experiencia interesante de las Hijas de la Caridad en las 600 de Albacete, donde tienen 3 pisos en los que acogen a los inmigrantes por un año, hasta que se insertan en la vida social con un trabajo y demás necesidades.
La pregunta, fuerte por cierto, que despertó gran interés entre los misioneros presentes fue, ¿qué hacemos los Paúles? Evangelizamos, pero nuestras manos ¿dónde están? Nuestras manos no son sólo para consagrar, ¿no están también para repartir el pan?
Al calor de esta sacudida de conciencia vicentina llegamos a la comprensión de que nos falla la evangelización porque nos limitamos, como portadores de un carisma dinámico y transformador, al anuncio y no aterrizamos en obras concretas.
Ser pobre no es un delito, es una desgracia. No se resuelve su situación encerrándolos, despatriándolos o marginándolos más. Sabemos que no saldrán de su situación si no es por su voluntad. La institución puede distorsionar la visión de Jesús y de San Vicente, pero hay que estar atentos por si la institución, en efecto, es buena y si soluciona en verdad los problemas de los pobres.
Parece ser cierto que a los pobres les podemos ofrecer cambios, pero ¿qué hacer si lo primero es saciar su hambre, su falta de vivienda, darles orientación y acompañamiento? Debemos aspirar a los máximo y dar gratuitamente, pero involucrarlos en su transformación.
En la iniciativa de emprender nuevos proyectos tenemos que estar preparados para aceptar la crítica, pero jamás podemos renunciar al contacto con los pobres y de contar con ellos.

 

 

 

 

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